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SPECULA MUNDI
VALENTINO HAUTE COUTURE 2026
Uno de los grandes atractivos del Kaiserpanorama era que se podía poner en marcha el carrusel a partir de cualquier imagen. Dado que el mecanismo situaba los asientos en círculo, cada vista pasaba ante todas las posiciones desde las que, a través de una doble ventana, se podía contemplar su difuminada lejanía […] En 1822, Daguerre inauguró su Panorama en París. Desde entonces, estas cajas transparentes y relucientes, acuarios lejanos y evocadores del pasado, se han instalado en todas las calles y bulevares de moda.
(Walter Benjamin)
A finales del siglo XIX apareció en las principales ciudades europeas un dispositivo: el Kaiserpanorama, hoy casi olvidado, pero fundamental para comprender un determinado sistema histórico de visión. Se trataba de una máquina óptica colectiva con una estructura circular de madera, perforada con pequeños orificios oculares. El público se reunía alrededor de la máquina y observaba las imágenes estereoscópicas en movimiento que había en su interior a través de esos orificios. Cada espectador veía por su cuenta, aunque todos veían al mismo tiempo: un ritual público basado en el aislamiento de la mirada.
Este dispositivo permitía acceder a imágenes de ciudades lejanas, paisajes exóticos, monumentos, ruinas, escenas de la vida cotidiana en lugares remotos.El mundo entero en una única sala. Era una manera de viajar sin moverse. El Kaiserpanorama no se limitaba a mostrar imágenes, sino que escenificaba el propio mecanismo de la visión. En ese teatro de apariciones efímeras, tal y como recuerda Walter Benjamin, se practicaba una visión más disciplinada, paciente, hipnótica, abriendo el camino para el cine y preservando algo más arcaico: la contemplación, la distancia, lo indefinido.La imagen no abruma al espectador, todavía no, sino que lo educa. Le enseña a quedarse quieto, concentrar la mirada y adoptar una posición adecuada para prestar atención.
Esta pedagogía de la visión quedaría parcialmente eclipsada por la aceleración del cine y, más tarde, por la proliferación de las imágenes digitales. Sin embargo, lo que queda marginado no desaparece por completo. Permanece en suspenso y disponible para reinterpretaciones, cambios y refracciones. Es precisamente en esta zona de supervivencia donde el dispositivo Kaiserpanorama puede reactivarse hoy en día como modelo perceptivo para un desfile de alta costura. No como una referencia nostálgica, sino como una herramienta crítica capaz de cuestionar las condiciones contemporáneas de la mirada.
Nuestro presente está dominado por la simultaneidad de la mirada, la sobreexposición mediática y el consumo rápido, por lo que la alta costura quiere ofrecer una visión marcada por una temporalidad diferente, hecha de lentitud, proximidad y concentración. Cada prenda celebra un encuentro singular, tanto por la forma en que está concebida y realizada, como por las condiciones en las que se ofrece a la mirada. El Kaiserpanorama transmite esta exigencia dentro de una forma espacial, llevando a cabo una inversión conceptual: no amplifica la visibilidad, sino que la restringe. Se pide a la mirada que ocupe una posición y se vuelve intencional, situada, consciente de su parcialidad. Así, la circulación espasmódica de imágenes hiperfotografiables se opone a una observación solitaria, atenta, casi secreta. En esa zona ambigua donde se cruzan el vestirse y el ser visto, el ojo penetra en un espacio íntimo, casi inaccesible. Un espacio distópico, mecánico, intermitente, donde se intensifica la tensión voyeurista, cargada de expectativas. Aquí no se ve junto con los demás: se espía furtivamente al otro como en un peepshow moderno, cada uno desde su propio punto ciego.
En el desfile Specula Mundi, el Kaiserpanorama adopta la forma de un altar contemporáneo: un lugar de concentración simbólica que establece una ritualidad, orienta la mirada y regula el acceso. Lo que aparece se separa del uso habitual, se aísla, se resalta, se hace digno de contemplación. Las campanas que tradicionalmente marcaban la transición de una imagen a otra en el Kaiserpanorama, aquí se convierten en música tecno transformada en ritmos litúrgicos que marcan el tiempo de la aparición. No es casualidad que las prendas emerjan como epifanías impregnadas de lo divino: presencias arcaicas pero profundamente contemporáneas, que surgen de una excavación arqueológica en el imaginario de Hollywood.
En un dispositivo así, no se evoca el cine como una tecnología de la imagen, sino como un repositorio mitológico, una fábrica de iconos, cuerpos sublimados y apariciones que se convierten en objetos de veneración. Un archivo viviente de figuras y gestos que siguen actuando en el devenir de la historia.En Hollywood, las divinidades tenían posturas, miradas y siluetas muy reconocibles. Habitaban en la distancia, la luz, el exceso. Eran presencias alejadas de lo ordinario, confiadas a una forma de culto secular. Las prendas de Specula Mundi se inscriben en esa continuidad mitopoética. No como tributos o referencias, sino como nuevas encarnaciones. La alta costura se convierte aquí en el altar donde el mito se transmuta una vez más en cuerpo, materia, tejido.
El Kaiserpanorama se convierte en un dispositivo que permite esta transmisión: una liturgia de la apariencia que sitúa la prenda dentro de su temporalidad ritual, lejos de la circulación compulsiva de imágenes. En ese espacio separado, las prendas ya no son objetos de consumo rápido, sino que se presentan como hierofanías: presencias sagradas que requieren contemplación, escucha y una disposición específica. En consecuencia, el Kaiserpanorama no es una simple cita histórica o un artificio escenográfico. Encarna un gesto teórico que interroga la relación entre la moda y la visión, entre el deseo y la distancia, entre lo ordinario y lo que lo trasciende. Aquí la mirada ya no domina la escena; se cuestiona a sí misma.
En este sentido, Specula Mundi se convierte en el espejo sin ambición de reflejar la realidad tal como es, sino de interrogar lo que la hace posible. No multiplica las imágenes, sino que suspende su flujo para revelar las condiciones de su existencia. En tal reflexión, la moda redescubre su dimensión ritual y crítica: no es simplemente una superficie sobre la que caminar, sino un umbral donde uno aprende a detenerse y contemplar el mundo.
Alessandro
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Uno de los grandes atractivos del Kaiserpanorama era que se podía poner en marcha el carrusel a partir de cualquier imagen. Dado que el mecanismo situaba los asientos en círculo, cada vista pasaba ante todas las posiciones desde las que, a través de una doble ventana, se podía contemplar su difuminada lejanía […] En 1822, Daguerre inauguró su Panorama en París. Desde entonces, estas cajas transparentes y relucientes, acuarios lejanos y evocadores del pasado, se han instalado en todas las calles y bulevares de moda.
(Walter Benjamin)
A finales del siglo XIX apareció en las principales ciudades europeas un dispositivo: el Kaiserpanorama, hoy casi olvidado, pero fundamental para comprender un determinado sistema histórico de visión. Se trataba de una máquina óptica colectiva con una estructura circular de madera, perforada con pequeños orificios oculares. El público se reunía alrededor de la máquina y observaba las imágenes estereoscópicas en movimiento que había en su interior a través de esos orificios. Cada espectador veía por su cuenta, aunque todos veían al mismo tiempo: un ritual público basado en el aislamiento de la mirada.
Este dispositivo permitía acceder a imágenes de ciudades lejanas, paisajes exóticos, monumentos, ruinas, escenas de la vida cotidiana en lugares remotos.El mundo entero en una única sala. Era una manera de viajar sin moverse. El Kaiserpanorama no se limitaba a mostrar imágenes, sino que escenificaba el propio mecanismo de la visión. En ese teatro de apariciones efímeras, tal y como recuerda Walter Benjamin, se practicaba una visión más disciplinada, paciente, hipnótica, abriendo el camino para el cine y preservando algo más arcaico: la contemplación, la distancia, lo indefinido.La imagen no abruma al espectador, todavía no, sino que lo educa. Le enseña a quedarse quieto, concentrar la mirada y adoptar una posición adecuada para prestar atención.
Esta pedagogía de la visión quedaría parcialmente eclipsada por la aceleración del cine y, más tarde, por la proliferación de las imágenes digitales. Sin embargo, lo que queda marginado no desaparece por completo. Permanece en suspenso y disponible para reinterpretaciones, cambios y refracciones. Es precisamente en esta zona de supervivencia donde el dispositivo Kaiserpanorama puede reactivarse hoy en día como modelo perceptivo para un desfile de alta costura. No como una referencia nostálgica, sino como una herramienta crítica capaz de cuestionar las condiciones contemporáneas de la mirada.
Nuestro presente está dominado por la simultaneidad de la mirada, la sobreexposición mediática y el consumo rápido, por lo que la alta costura quiere ofrecer una visión marcada por una temporalidad diferente, hecha de lentitud, proximidad y concentración. Cada prenda celebra un encuentro singular, tanto por la forma en que está concebida y realizada, como por las condiciones en las que se ofrece a la mirada. El Kaiserpanorama transmite esta exigencia dentro de una forma espacial, llevando a cabo una inversión conceptual: no amplifica la visibilidad, sino que la restringe. Se pide a la mirada que ocupe una posición y se vuelve intencional, situada, consciente de su parcialidad. Así, la circulación espasmódica de imágenes hiperfotografiables se opone a una observación solitaria, atenta, casi secreta. En esa zona ambigua donde se cruzan el vestirse y el ser visto, el ojo penetra en un espacio íntimo, casi inaccesible. Un espacio distópico, mecánico, intermitente, donde se intensifica la tensión voyeurista, cargada de expectativas. Aquí no se ve junto con los demás: se espía furtivamente al otro como en un peepshow moderno, cada uno desde su propio punto ciego.
En el desfile Specula Mundi, el Kaiserpanorama adopta la forma de un altar contemporáneo: un lugar de concentración simbólica que establece una ritualidad, orienta la mirada y regula el acceso. Lo que aparece se separa del uso habitual, se aísla, se resalta, se hace digno de contemplación. Las campanas que tradicionalmente marcaban la transición de una imagen a otra en el Kaiserpanorama, aquí se convierten en música tecno transformada en ritmos litúrgicos que marcan el tiempo de la aparición. No es casualidad que las prendas emerjan como epifanías impregnadas de lo divino: presencias arcaicas pero profundamente contemporáneas, que surgen de una excavación arqueológica en el imaginario de Hollywood.
En un dispositivo así, no se evoca el cine como una tecnología de la imagen, sino como un repositorio mitológico, una fábrica de iconos, cuerpos sublimados y apariciones que se convierten en objetos de veneración. Un archivo viviente de figuras y gestos que siguen actuando en el devenir de la historia.En Hollywood, las divinidades tenían posturas, miradas y siluetas muy reconocibles. Habitaban en la distancia, la luz, el exceso. Eran presencias alejadas de lo ordinario, confiadas a una forma de culto secular. Las prendas de Specula Mundi se inscriben en esa continuidad mitopoética. No como tributos o referencias, sino como nuevas encarnaciones. La alta costura se convierte aquí en el altar donde el mito se transmuta una vez más en cuerpo, materia, tejido.
El Kaiserpanorama se convierte en un dispositivo que permite esta transmisión: una liturgia de la apariencia que sitúa la prenda dentro de su temporalidad ritual, lejos de la circulación compulsiva de imágenes. En ese espacio separado, las prendas ya no son objetos de consumo rápido, sino que se presentan como hierofanías: presencias sagradas que requieren contemplación, escucha y una disposición específica. En consecuencia, el Kaiserpanorama no es una simple cita histórica o un artificio escenográfico. Encarna un gesto teórico que interroga la relación entre la moda y la visión, entre el deseo y la distancia, entre lo ordinario y lo que lo trasciende. Aquí la mirada ya no domina la escena; se cuestiona a sí misma.
En este sentido, Specula Mundi se convierte en el espejo sin ambición de reflejar la realidad tal como es, sino de interrogar lo que la hace posible. No multiplica las imágenes, sino que suspende su flujo para revelar las condiciones de su existencia. En tal reflexión, la moda redescubre su dimensión ritual y crítica: no es simplemente una superficie sobre la que caminar, sino un umbral donde uno aprende a detenerse y contemplar el mundo.
Alessandro
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