Valentino Pavillon des Folies
PRIMAVERA VERANO 2025
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Somos criaturas frágiles, constantemente expuestas a la sensación de límite. Caminamos de puntillas sobre espejos que se rompen bajo nuestro peso. Cuando caminamos, cada paso conlleva el riesgo de tropezar y caer. Cuando respiramos, cada aliento viene acompañado de una sombra de vulnerabilidad. Nos movemos, inestables, dentro de un horizonte transitorio sin vía de escape. Sin embargo, es precisamente esta condición la que nos descubre el verdadero significado de nuestra dimensión temporal. ¿Qué sentido tendría nuestro tránsito terrenal si no estuviera determinado por el tiempo, sino que fuera infinito?
Así pues, la duración limitada de la existencia «contribuye a darle sentido, en lugar de quitárselo» (V. E. Frankl). Inmersos como estamos en la infinitud ilógica del devenir, sentimos de forma innata el impulso de dar un sentido a este mundo tumultuoso y atravesar el misterio de la vida en busca de algo que pueda darle valor y consistencia.
En esta perspectiva, la belleza puede representar un remedio para la angustia que surge del carácter efímero e indeterminado de nuestro destino. Un ancla para navegar dentro de ese «pavillon des folies» que llamamos vida. Todo menos efímera e inconsistente, la belleza es, de hecho, productora de consuelo, capaz de abrigarnos en un abrazo que preserva el calor de los cuerpos. Su finalidad es curativa: la belleza adormece la fragilidad y cicatriza el desorden de lo real.
En cualquier caso, ¿qué es la belleza? Como decía Théophile Gautier: «lo verdaderamente bello es lo que no sirve para nada», porque no está sometido a ninguna lógica de necesidad. Sin embargo, la belleza parece no tener propósito. Pienso en los deslumbrantes colores de las flores. Esos tintes que enamoran son los que mueven uno de los trabajos más preciosos y delicados que conocemos: la polinización. Las abejas cumplen su extraordinaria tarea de genetistas del planeta apoyándose en el gusto y la racionalidad estética. Se abren camino por un laberíntico sendero de formas variopintas, alimentadas por una espasmódica búsqueda de la belleza.
Quizá Michel de Montaigne tenía razón: «No hay nada inútil en la naturaleza; ni siquiera la inutilidad misma». Sobre todo si la utilizamos para alimentar nuestra felicidad. Lo sabemos: cuando construimos la belleza, o la divisamos en el flujo indiferenciado y caótico de nuestras existencias, nos sentimos como arrebatados en un estado de alegría que puede arrancarnos del sinsentido. Es un movimiento fugaz e incendiario que cuestiona nuestra totalidad, actuando como un sorprendente multiplicador de plenitud.
Cuando digo belleza, evidentemente no me refiero a su mitificación universalista, dogmática y normativa. Aludo más bien a esa capacidad única de sentir profundamente y conectar con algo que desvela y revela un nuevo universo de significado: una epifanía en la que las conexiones entre nosotros, las cosas y los seres vivos, se hacen inmediatamente visibles.
Esa manera de sentir puede brotar, imprevista, cuando contemplamos una obra de arte o el encanto del cosmos. Es lo indecible de una luz, lo sagrado de un pecho lleno de leche, la magnificencia de un vestido finamente bordado, la larga permanencia del alma sobre la carne, la majestuosidad del vacío, la persecución de las luciérnagas en busca de amor, el aroma de la tierra mojada, el tacto de los volantes de organza, el milagro de las bibliotecas, las delicadas capas de una acuarela.
La belleza recuerda lo que Martin Heidegger llama alètheia (ἀλήθεια), es decir, un desvelamiento, una revelación. En su asombrosa irrupción, incendia el pecho y remueve el suelo. Sin embargo, nadie puede nominarlo con precisión porque, por su propia naturaleza, siempre eludirá la captura del lenguaje. Siendo el último consuelo del soñador, la belleza se convierte en «el poder a través del cual se mira la impotencia de las cosas» (E. Severino), la irrupción de la luz que nos protege del gris de la insensatez, el pharmakon mágico, un bálsamo capaz de conducirnos a través del abismo de la fugacidad. Esa tela de araña superfina y preciosa que nos permite flotar sobre el vacío.
Alessandro
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